SEGUNDO RETO

 SEGUNDO RETO QUE COMPARTO

Este no se trata del segundo escrito que hice, sino del cuarto. He decidido compatirlo porque es de los que me siento más orgullosa de haber escrito. El reto consistía en crear un personaje redondo, es decir, que fuera muy humano, con sus contrastes, sus blancos y negros. 

¿Quieres decir un personaje real?

Quise centrarme, sobre todo, en uno de los grandes problemas que tenemos: el prejuicio. Es por eso que quise que el personaje fuera víctima de los prejuicios y que sorprendiera al mismo lector, prejuicioso, haciéndole ver que se equivocaba.

Esta idea me vino pensando en la gran obra de los prejuicios: la Bella y la Bestia. Pues Bestia, quien sufre porque creen que es lo que aparenta, sorprende cuando nos damos cuenta que tiene una gran personalidad.
¿Estas segura de eso? Si prácticamente secuestra a Bella

Es por esta razón que insisto mucho en el relato para meter al lector dentro del ambiente de la época victoriana, en un pueblo donde los rumores se esparcen como espuma.


El ama de llaves


El canto de los gallos del señor Morris, quien vive en la casa de al lado, me despertó por la mañana. La señorita Johnson, que aparte de ayudar en la cocina se suponía que era mi criada, había decidido de nuevo no despertarme, pues llevaba días en los que, debido a un resfriado, me quedaba confinada en mi habitación pues se suponía que debía descansar. Aún así, me quitaba el camisón, me ponía el corsé y, finalmente, elegía un vestido de los que se quedaban al fondo del armario, porque se habían quedado más viejos, y me lo ponía. El resto del día, me dedicaba a leer y, lo que más disfrutaba, a observar por la ventana a mis vecinos y al resto de personas que durante el día pasaban por la calle. Sobre todo, observaba a la señorita Katherine. Se alojaba en la mansión de enfrente, en la del señor Wallace, y por lo que había podido intuir, ella era el ama de llaves. Su llegada había transcurrido apenas un mes atrás y este evento parecía ser la causa de los siguientes acontecimientos que sucedieron en la mansión del señor Wallace.

- Señorita Forcible, ¿está despierta?

La señorita Johnson entró en la habitación, se alegró de verme mejor y me dejó algo de almuerzo. Cuando se fue, algo en el paisaje de mi ventana había cambiado: la señorita Katherine acababa de salir de la mansión y se dirigía hacia la parte trasera del jardín. Seguramente, pensé, iba en busca de plantas. En el pueblo todos hablaban de que se trataba en verdad de una bruja. Eso explicaría algunas cosas, aparte de su aparente obsesión por los vegetales y las plantas medicinales, como que a pesar de  que debía de tener unos 22 años, no estaba casada ni parecía estar interesada en ello. Vestía siempre con vestidos de colores oscuros, que se veían bastante desgastados - incluso el vestido más viejo del fondo de mi armario estaba mejor que cualquiera de sus harapos - por no mencionar que siempre llevaba el pelo recogido en una larga trenza negra que, aún así, se veía despeinada, como si llevara días durmiendo con ella. 

Nunca había llegado a estar más cerca de la señorita Katherine que a tres metros de distancia, pero mi madre que, de vez en cuando, se la cruzaba en la panadería, me explicó que su mirada era oscura, maligna, parecida a la de un gato negro bufando y a punto de atacar. “Es la mirada del demonio”, llegó a decir una vez. Observé que la señorita Katherine entraba de nuevo en la mansión del señor Wallace con algunas hierbas en la mano. Agarré un trozo de pan del almuerzo que me había dejado la señorita Johnson y pensé de nuevo en lo que llevaba días rondando por mi cabeza.

- ¿Qué habrá pasado con la señora Wallace? -Pensé.

No se había vuelto a ver a la esposa del señor Wallace desde hacía una semana. Al poco de la llegada de Katherine, la señora Wallace desapareció sin dejar rastro, y entonces su marido, el señor Wallace, se hundió en un pozo sin fondo. Caminaba por las calles como un alma en pena y días después echó a todos los que trabajaban en su mansión. Bueno, a todos menos a la señorita Katherine. Se había quedado el ama de llaves y nadie sabía por qué. 

- No me lo explico… Se ha quedado aquella señorita impresentable en la mansión.

- Seguro que es su amante en secreto…

- ¿Amante? ¿Es que acaso ustedes no ven la cara del señor Wallace? El pobre lo está pasando mal, escuchad bien lo que digo, ¡aquí huele a brujería!

- Esa señorita… Esconde algo, seguro.

Esto era de lo que se hablaba en el pueblo, me contaba mi madre. Decidí ponerme a leer. Se empezaba a poner el sol cuando vi algo que hizo que sintiera que el corazón me iba a mil: la señorita Katherine había salido, sin que me diera cuenta, al jardín y ahora estaba abriendo la puerta de la mansión con una pala llena de tierra en una mano y en la otra un gran cuchillo afilado. No me lo podía creer, ¡la señorita Katherine no solo era una bruja, era una asesina!



La señorita Katherine se encontraba preparando la cena. Cogió el cuchillo que había limpiado y se puso a cortar las zanahorias que había recogido del huerto con la ayuda de la pala. Luego, cogió las plantas, también del jardín, y preparó una infusión tal y como su madre le enseñó cuando era pequeña. Mientras, pensaba en la pequeña habitación de Londres que dejó un mes atrás para regresar a la mansión de los Wallace. Sabía que, cuando recibió el aviso de que la necesitaban era porque algo no iba bien. Alguien picó a la puerta. Desde hacía unos días la mansión se encontraba completamente vacía. Qué diferencia, y pensar que tan solo unos días atrás se oían gritos y peleas constantes entre el señor y la señora Wallace. El ama de llaves llegó al recibidor y abrió la puerta. Frente a sus ojos apareció el señor Wallace, su hermano.

- Tengo noticias.

Le explicó que había logrado descubrir que su mujer había decidido marcharse con su amante, un banquero adinerado.

- Lo lamento mucho, hermano.

Katherine, lo obligó a cenar, pues llevaba días en los que Wallace apenas se alimentaba. Mientras, ella no pudo dejar de observar el cuadro de sus padres que se encontraba enfrente de ella.

- Ojalá no nos hubiesen dejado… -Expresó su hermano al darse cuenta de que Katherine observaba el cuadro  -Todos me dejan, incluso mi mujer…

Desde la muerte de sus padres la vida de Katherine había cambiado mucho. Decidió irse a vivir sola y acabar sus estudios mientras trabajaba como dependienta en una librería. Pero ahora, que había vuelto al hogar de su infancia, se había dado cuenta de lo mucho que lo había añorado. El pueblo, sin embargo, parecía no acordarse de ella.

- Por cierto, hermana, creo que en el pueblo no recuerdan quién eres, ¿te puede creer que me han insinuado si somos amantes?

Y de golpe, por primera vez desde que Katherine había regresado, los hermanos rieron juntos como cuando eran pequeños.







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