CUARTO RETO

CUARTO RETO QUE COMPARTO

Pues llegamos al cuarto reto que voy a compartir, que se trata en verdad del octavo que escribí. También me siento bastante orgullosa de este relato, no solo porque creo que consigo transmitir esa sensación de nostalgia y dolor que quería hacer llegar al lector, sino también porque es el más personal que he redactado inspirándome en algunos sucesos reales y cambiándolos. algo que en verdad, todos los escritores hacen.  

Entonces ¿las mejores ideas vienen de nuestras propias experiencias?

Como dice uno de los libros de "La amiga estupenda":

"con mayor destreza que cuando era niña, tomaba los hechos y los expresaba de forma natural, cargados de tensión; reforzaba la realidad mientras la traducía en palabras, le inyectaba energía."

 Me inspiré, sobre todo, en los recuerdos que guardan los lugares de nuestra infancia, los cuales a pesar de que pueden contener algunos recuerdos tristes, convierten esos lugares en unos especiales, capaces de transportarnos de nuevo a aquel tiempo.


La casa de mi abuela


Aparqué el coche en el mismo sitio en el que mi padre solía hacerlo: a las afueras del pueblo, en la zona que tenía por nombre “Darsas“. Mi abuela me explicó que esta zona se llamaba así pues muchos años atrás, el pueblo solo estaba compuesto por el barrio ubicado a unos dos kilómetros de distancia, donde se encontraba el ayuntamiento. Sin embargo, mi abuela crió a mi padre en este sitio, donde los trabajadores de la fábrica habían construido sus casas, puesto que mi abuelo había sido trabajador de dicha fábrica. 

Salí del coche, noté las piedras a mis pies y, levantando la cabeza, pude respirar de nuevo ese aire que tanto añoraba. Habían pasado más de diez años y, aún así, lo seguía recordando. No podría describirlo, pero era un aire único: con tan solo respirar sabía que me encontraba de nuevo en aquel pueblo.

Empecé a andar por el camino de tierra que tan bien conocía mientras admiraba el paisaje y, todos los años allí asomaban a mi cabeza en forma de imágenes de una presentación desordenada.  De pronto, veía a aquella alegre niña jugando al escondite con su hermana y su abuela entre los árboles y las casas, corriendo y riendo, sin preocuparse de nada más que no fuera ser pillada. Veía aquellas noches de verano observando el espléndido y enorme cielo, intentando cazar con la mirada estrellas fugaces para ser la que más encontrara de toda la familia. Podía casi tocar esos peces que atrapaba con una red sintiéndome como una auténtica salvaje que necesita conseguir su propio alimento usando sus manos. 

- ¿María?

Escuché el susurro de mi nombre pronunciándose, lo que me envió de vuelta al presente. Giré la cabeza y pude entender de donde procedía.

- ¡Carmen!

- ¡Aih María, por Dios! ¡Qué alegría verte de nuevo! Pero mírate, si ya estás hecha toda una adulta.

Carmen había sido amiga de mi abuela, se conocían de toda la vida, pese a llevarse unos años, pues vivía en la casa de al lado. Yo la recordaba como una madre de familia alegre, extrovertida y muy cotilla. Sin embargo, ahora iba cogida de un bastón en una mano mientras con la otra agarraba a la que me explicó que era su nieta, la cual debía tener 10 años.

- Y dime María, ¿por qué no has vuelto a venir en todos estos años?

Me quedé parada. No sabía qué decir. Tampoco había un motivo concreto. Habían transcurrido diversos sucesos antes y después de que me despidiera del pueblo que desencadenaron en que no quisiera volver… Y, ahora, Carmen pretendía que le explicara una razón en menos de 30 segundos.

- Bueno, ya sabes que la vida en la ciudad es complicada, y los años pasan sin que nos demos cuenta.

- ¡Cuánta razón tienes María! Me alegro mucho de verte de nuevo.

Después de despedirme de Carmen, seguí el camino hacia mi destino. Observaba las casas, las cuales parecía que el tiempo no afectaba. Seguían siendo las mismas construcciones de piedra y madera, rodeadas de árboles, una capilla abandonada desde que era pequeña y un tranquilo río, el cual producía un relajante sonido que se mezclaba con los silbidos de los pájaros, los ladridos de los perros, el canto de las cigarras, el susurro de la brisa y el maullido de algún que otro gato. 


Finalmente llegué a mi destino: la casa de mi abuela. Saqué la llave que reposaba en el bolsillo del pantalón, y me dispuse a abrir la pesada y vieja puerta de madera. Nada más abrirla, sentí una corriente de aire que salía de dentro, que a la vez que me recibía me enviaba el olor de aquel lugar que había sido tan importante para mí. Fantasmas del pasado aparecieron entonces. Los veía moviéndose por la casa encantada, deslizándose y llenando aquel espacio vacío iluminado tan solo por los pocos rayos de sol que lograban atravesar las persianas. Decidí abrir las ventanas de la planta de abajo para poder observar mejor el interior. La casa, pese a ya no conservar la mayoría de sus objetos, lucía aún algunos marcos y cuadros de mi abuela junto a su marido o junto a la familia.

- Niñas, la cena está lista.

Era la voz de mi abuela atrapada en aquellas paredes, y observaba entonces a mis padres yendo a la cocina seguidos por mi hermana y finalmente por mí, pero yo ya no tenía la forma de la pequeña niña de 10 años sino la de María adulta yendo a sentarse en la mesa para comer. Una mesa que de golpe se llenó de la familia entera: mi abuela y mi abuelo, mis tres tías, mi tío, y todos los primos. Estábamos allí de nuevo reunidos, aunque fuera tan solo un eco del pasado. Los sonidos de todos riendo, los cubiertos tintineando, el vino cayendo en la copa, la familia hablando, jugando a las cartas, se mezclaron con los llantos, peleas y gritos acumulados durante tantos años. De golpe, me quedé sola en la mesa, vacía y en completa oscuridad. La imagen de mi abuela al fondo de la sala me recordó que, junto a ella, toda la familia se había roto, y ahora tan solo quedaba yo, dispuesta a vender la casa que sorprendentemente ella quiso que heredara.






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