QUINTO RETO
QUINTO RETO QUE COMPARTO
Por fin llegamos al quinto y último relato (o reto) que voy a compartir.
Pues yo quería más
¡Esto no quiere decir que no vaya a seguir! Pero de momento voy a hacer una pausa después de este. De todas formas, va a ser difícil superarlo.
Pero escribir no se trata de escribir siempre algo mejor, ¿verdad?
Está claro que escribir no se trata de redactar siempre algo mejor. Pienso que escribir se trata de explicar algo que nos emociona, una historia que sintamos que queremos o necesitamos compartir. Es difícil, además, superarnos constantemente, sino que te lo diga el protagonista de este relato.
Pero si aún tienes dudas sobre qué es escribir, pienso que leer este cuento te va a ayudar. Pues creo que es uno de los retos más ambiciosos que he hecho debido a la cantidad de temas o cosas que plantea. Desde el buscar la inspiración, la presión que sentimos por hacer algo nuevo, el pasado que nos atormenta... Además, una de las cosas que más valoro es que, considero que he sido capaz de crear un personaje muy real, metiendo al lector dentro de sus pensamientos literalmente. Mi intención es que, conforme vayas leyendo el relato, te adentres en el personaje y en lo que siente. Es por eso que hago muchas descripciones, al igual que en mi primer reto, para que puedas tener una imagen mental de lo que explico, y veas las cosas casi como si estuvieras viendo una pieza audiovisual. Es importante, además, que te fijes en los pequeños detalles, pues hay cosas que he dejado abiertas a interpretación del propio lector pero que, si te concentras mucho, quizás puedas entender.
Qué presión.
La inspiración para este relato me costó mucho. Al principio solo me vino la idea de una playa en Italia (quizás porque ya está llegando el calor), con un escritor perdido sin saber qué escribir (al igual que yo) y algunos paisajes preciosos de las películas de Studio Ghibli. También, al pensar en Italia, me vino de nuevo "La amiga estupenda" a la cabeza (de hecho hay algún guiño a esta saga en el relato)
Fue justamente viendo una de las películas de Studio Ghibli, concretamente "Recuerdos del ayer" (que está basada en una novela) cuando apareció la chispa que me faltaba.
Siempre la playa.
Yo misma, al releer el relato me he dado cuenta de algunas semejanzas que tiene con el primer reto. A eso me refería con que, al final, hay un estilo que he ido desarrollando.
Donde termina el laberinto
Las vistas desde la ventana de la lujosa habitación del hotel parecían sacadas de una de esas películas que tanto le gustaban a mi madre, esos dramas románticos sobre amores de verano a las orillas del mar proyectados en la pequeña televisión en blanco y negro, la cual había sido unos de los regalos que mi abuelo le hizo cuando se casó con mi padre, antes de su viaje de luna de miel a Sicilia en el verano de 1951. Es irónico, pues ahora estoy en el mismo hotel en el que se hospedaron ellos, pero 30 años después.
Contemplo el mar, cuyas olas golpean fuertemente el pequeño acantilado en el que se encuentra el hotel, y a unos pocos metros de distancia se observa la playa, enorme, limpia y preciosa, como si estuviera pidiéndome a gritos que fuera a darme un baño. Cojo un cigarro, me siento en una silla que hay en la terraza de mi habitación y me pongo cómodo. ¿Qué más necesita un escritor para inspirarse? Esta pregunta me la llevo haciendo mucho tiempo. Desde que mi última novela salió a la venta hace cinco años y se convirtió en un auténtico éxito, he sido prácticamente incapaz de escribir. Siento un vacío dentro de mí, en mi estómago, como si me dijera que necesito escribir algo nuevo y bueno, pero ese hueco parece haberse expandido hasta mi cabeza que se ha quedado desértica de ideas. En estos años he hecho y desecho páginas llenas de palabras sin sentido, que buscaban lograr algo que nunca llegaba. He probado cientos de métodos: la escritura a mano, en ordenador, en máquina de escribir, he viajado a miles de lugares, he recorrido prácticamente toda Italia y media Europa. Pero nada. Y, cuando todas mis esperanzas se habían apagado, apareció una última luz. Mientras recogía la vieja casa de mis padres, encontré una postal dirigida a mi abuela, en la que mi madre adjuntaba una foto de ella en el hotel con mi padre y le explicaba que todo iba de maravilla. Algo en esa foto llamó mi atención. No sabría cómo describirlo, quizás porque sigo oxidado y no consigo encontrar las palabras correctas, pero fuese lo que fuese, es lo que ha desencadenado en que ahora me encuentre en este lugar, intentando acabar al fin con este bloqueo que me impide escribir.
Hay algo que no me está dejando dormir. Me levanto, voy al baño y me quedo observando mi propio reflejo a través del espejo que me envía de vuelta a lo sucedido esta tarde. Después de relajarme un rato en la habitación en la que me hospedo, bajé las escaleras hasta la planta baja del hotel. Allí, a parte de la recepción, hay una cafetería, un restaurante y una gran sala de estar con sofás, mesas, sillones, mesas de billar… Un sitio donde las personas que se hospedan aquí se relajan, hablan y disfrutan. Me senté en un sillón y cogí uno de los periódicos que habían salido esa misma mañana. Solo levanté la vista cuando sentí que alguien se estaba sentando en el sillón de enfrente. Allí fue cuando me percaté de quién se trataba: Helena, una de mis compañeras de la escuela de toda la vida.
- ¿Helena?
- ¡Francesco! No te había visto, ¡qué sorpresa! ¿Cómo estás?
Estuvimos hablando un rato sobre cómo habían seguido nuestras vidas después de acabar el instituto. Los dos habíamos sido los alumnos con mejores notas cada año. Mi madre siempre decía que si trabajásemos juntos conseguiríamos lo que quisiéramos. Ella estaba algo cambiada, claro está, pero seguía siendo esa chica rubia de unos preciosos ojos azules profundos que daban la sensación que a través de sus gafas podía leerte el pensamiento. No podía contenerme más, así que le hice la pregunta que llevaba rato queriendo salir por mi boca:
- ¿Has seguido escribiendo?
Su aparente alegre cambió de golpe. Sabía que era una pregunta importante para mí.
- Bueno, la verdad es que quise hacerlo pero ya sabes, siendo madre y teniendo un hijo, es complicado.
No sé si fue el hecho de que hubiese dejado de escribir o que recalcara que tenía una vida más allá de la escritura, y que por lo tanto no pretendía competir más conmigo, lo que me dejó perplejo. ¿Me había obsesionado tanto en redactar las palabras correctas siempre que había malgastado mi vida? ¿Acaso a mis 25 años ya he desperdiciado todo el tiempo? ¿Eso estoy haciendo aquí, desperdiciando el tiempo solo porque algo en una foto antigua de este lugar me había llamado la atención?
Esta mañana, como si no hubiese sido suficiente la noche que he tenido, ha sido cuanto menos sorprendente. Estaba desayunando tranquilamente en la parte de la terraza del restaurante, disfrutando del sol de plena mañana y contemplando las vistas del enorme jardín del hotel y la playa a lo lejos, cuando una señora de unos 80 años se me acercó con cuidado.
- Perdone, ¿podría hablar un momento con usted?
- Sí, claro, ¿qué sucede?
Se sentó delicadamente en la silla vacía que tenía enfrente.
- Verá, en cuanto esta información ha llegado a mis oídos no me he podido contener. ¿Es usted el hijo de la señora Caruso?
Enmudecí.
- Dígame por favor
- Sí, mi madre se llamaba Anna Caruso.
- ¡Válgame Dios! ¡Qué alegría tener a su hijo enfrente de mí!
- Perdone, ¿podría saber cómo es que usted conoció a mi madre?
- Verá, yo vengo aquí cada año varias veces. Es un lugar especial para mí, y también lo era para su madre.
- ¿Mi madre? Ella solo vino aquí una vez.
- ¡No me diga usted que no lo sabía! Ella venía aquí al menos una vez al año. Eso hasta que bueno… Ya sabe, enfermó y se le complicó el poder venir aquí.
- No lo entiendo, mi madre nunca me dijo que hubiese vuelto aquí.
Los dos nos quedamos sin saber qué decir.
- Su madre… Hablaba mucho usted. No sé si le sirve de algo, pero si realmente nunca le dijo nada de este lugar, debió ser por una buena razón.
Paseo por el jardín reviviendo las palabras de aquella señora. Ya han pasado dos horas y aún no logro sacármelo de encima. ¿Es verdad que mi madre venía a este lugar cada año? ¿Me lo ocultaba solo a mí? ¿Por qué lo hacía? He venido aquí a inspirarme y escribir, pero el pasado no para de atormentarme y hace que me cuestione si acaso la vida que llevo y creía conocer es la correcta. Distraído, dejando que la inercia de mis piernas me guíe, me meto en el pequeño laberinto del hotel. De golpe, soy capaz de imaginarme a mi madre dando vueltas por este laberinto, alegre y segura de por donde tiene que girar pues se lo sabe tan bien que podría dibujar un mapa del mismo. Decido seguir a la imagen de mi madre, dejando que esta me guíe hasta la salida. Y, entonces, cuando parece que la hemos encontrado, ella desaparece metiéndose en esa abertura. Dudo unos segundos, pero decido finalmente sumergirme también en esa salida. La luz del sol me ciega, pero unos segundos después consigo acostumbrarme. Y, entonces, me doy cuenta de que me encuentro en la playa, enorme y vacía excepto por tres personas: mi madre, mi padre y un niño.
- Francesco, ven a jugar conmigo y con papá al agua.
El niño se levanta con cuidado y llega a hasta su madre o, mejor dicho, mi madre y se pone a jugar con ellos dando saltos en la orilla.
- ¡Aih! Esperad, que voy a por la cámara.
Mi madre se dirige a la bolsa que hay a unos metros de distancia y se pone a buscar la cámara.
- Francesco, ven, vamos a seguir jugando con las olas.
Pero esos segundos de distracción ya habían servido para que Francesco se metiera más adentro en el mar. Y allí estoy, mi yo de pequeño a unos 5 metros de la orilla suficientes para que me empiece a ahogar.
- ¡Francesco! - mi padre y mi madre gritan al unísono
Me quedo paralizando observando como los dos nadan por salvarme la vida. Consiguen sacarme del agua y me estiran en la arena. Mi padre intenta hacer que respire de nuevo, mientras mi madre llora desesperada mirando si al fin me muevo. Me acerco lentamente a mi cuerpo, aún inconsciente, de mi yo de niño. Observo a mi madre y, de golpe, ella me mira a mi, como si fuera capaz de verme a pesar de que ella es la de hace 20 años y yo soy el mismo que el niño tendido en el suelo, pero con muchos años más. Me sigue mirando paralizada y me dice:
- ¿Francesco?
No entiendo nada, pensaba que todo era una especie de alucinación. Me asusta el hecho de que mi madre fallecida acabe de dirigirme la palabra, así que salgo corriendo y me adentro de nuevo en el laberinto.
- Muchas gracias, esperemos que nos viste de nuevo.
Salgo del hotel con la maleta en la mano. Dejo este lugar aún sin entender lo sucedido. No guardaba recuerdos de este sitio, no recordaba que casi me muero aquel día en la playa hace 20 años. Y ahora, que había sido testigo de lo sucedido con mis propios ojos, sigo sintiendo escalofríos. De camino hacia la salida del hotel, veo de lejos a la señora de ayer, la cual decía conocer a mi madre, y observo cómo se adentra en el laberinto.
Sentado ya en el avión que me va a llevar de vuelta a Roma, decido sacar la foto que me hizo volver a este lugar. Ahora que la vuelvo a ver, me doy cuenta de que no se trata de la foto del viaje de novios de mis padres pues, al fondo, escondido tras un arbusto, se encuentra mi yo pequeño. No debía ser consciente, cuando la encontré, de que aquel niño se trataba de mí. Pero inconscientemente lo sabía, y por eso había decidido venir. Tengo muchas dudas todavía, siento, aún así, que aquello que vi ayer no fue una simple alucinación, sino que realmente yo estaba allí. No sabría cómo explicarlo. Estas dudas creo que me van a servir para poder encontrar de nuevo la inspiración que me faltaba para escribir. Quizás, me equivoqué al pensar que necesitaba buscar el material de escritura en nuevas experiencias cuando, en verdad, se encontraba en mi pasado.



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